La mezquindad de la oposición resulta asombroso ver cómo quienes gobernaron durante décadas hoy intentan erigirse en jueces morales del país.

La oposición prefiere olvidar su historia reciente: aquellos años en que controlaron a su antojo cada rincón del Estado, desde los poderes públicos hasta las instituciones llamadas a servir de contrapeso.

Todo lo convirtieron en herramientas políticas, mientras la corrupción y la impunidad se consolidaban como norma.

Hoy, con una memoria selectiva, pretenden señalar al gobierno del presidente Luis Abinader, sin reconocer que muchos de los males que el país combate actualmente nacieron y se fortalecieron bajo su gestión.

Los narcotraficantes que hoy están siendo apresados —los mismos que durante años operaron con libertad y poder— crecieron y se alimentaron en los gobiernos de la oposición.

Y ahora que enfrentan la justicia, buscan culpar al presente por los pecados del pasado.

La única crítica que algunos podrían dirigirle al presidente Abinader —y que muchos repiten con ironía— es que no haya encarcelado a Danilo Medina ni a Leonel Fernández.

Pero esa crítica carece de fundamento, pues el presidente no tiene jurisdicción sobre los procesos judiciales.

Para lograr una verdadera transformación, lo que el país necesita no es venganza, sino justicia; no complicidad, sino transparencia.

Es imposible que durante tantos años de desorden institucional, privilegios y corrupción, los presidentes de turno no hayan sido cómplices —por acción u omisión— de los males que hoy comienzan a salir a la luz.

El pueblo dominicano está viendo los cambios.

Las instituciones actúan. Los corruptos y narcotraficantes ya no tienen refugio, y la justicia se abre paso con independencia.

Esa es la gran diferencia entre un gobierno que construye con hechos y una oposición que solo sobrevive del resentimiento y la mezquindad.

Hoy la República Dominicana avanza con paso firme.

Es un país que, a pesar de las dificultades, ha decidido no mirar atrás.

Un país que prefiere el trabajo honesto al oportunismo, la transparencia al chantaje, y la esperanza al cinismo.

Porque este pueblo ya despertó. Y cuando un pueblo despierta, no hay mezquindad que lo detenga.